Una cita que vuelve cada año no necesita una imagen nueva. Necesita una identidad capaz de volver con ella.
La Noche en Blanco llegaba a su XVI edición con una paradoja: el evento estaba consolidado, pero su identidad visual no. Durante quince ediciones, cada convocatoria había estrenado cartel, paleta y lenguaje gráfico. El evento volvía cada año. La marca, en cambio, empezaba de cero. El reto no consistía en diseñar una imagen más atractiva para una nueva edición. Consistía en romper esa lógica de sustitución anual y construir, por primera vez, un sistema capaz de acumular reconocimiento, memoria y pertenencia.