Con el advenimiento de la primavera, los jaramagos se hicieron con la pradera, como con la estepa el conquistador. Así, el montaraz jaramago y su flor inundaron de oro el campo, como salido de la paleta de un pintor, dando vida a millones de pequeños insectos. Estos se convirtieron en relevantes actores dentro del guion de nuestro olivar ecológico, conduciéndonos en el capítulo primero de la recuperación de la diversidad.